julio: el séptimo invierno

julio: el séptimo invierno

Al pasar ciento ochenta y cinco días luego de año nuevo, suelo considerarme el cuerpo más frío que habita este mundo.

El invierno se convierte en un fiel inquilino que no logra traspasar mis capas de piel por razones meramente angustiantes: ya vive dentro de mi estómago, mis brazos, mis muslos y mi nuca.

Sus caminatas de baja temperatura a través de mis músculos son tan sucesivas que hasta me hacen dudar de si alguna vez existió algo más, logro rozar la locura cuando me planteo si es que la sociedad una noche se imaginó la existencia de algún verano por el simple hecho de anhelar el creer que hay algo que los espera más adelante, algo cálido y abrazador, algo divertido y estúpido al mismo tiempo.

Tal es el compromiso de mi inquilino, y tal ingenua me parece la esperanza ajena, que me cuesta cederle la entrada a otro.

A veces me preguntan cómo es que no tengo calor: es agobiante esta habitación, nena.

No sé, les digo, tenía frío (en pasado, porque a veces tiemblo tanto que me da pudor que se noten mis escalofríos).

Pero no crean que no intento que se transforme esta maldición: suelo buscar objetos y distracciones en donde podría llegar a sentir alguna clase de acompañamiento, pero hasta en las habitaciones más pobladas no encuentro el tacto, ni el calor, ni siquiera una mísera tibieza. En estos tipos de inviernos cuesta encontrar siquiera algo.

Otras veces, una de las tantas en donde vuelvo de nuevo a rozar la locura, le pregunto al mismo frío cuánto más quiere de mí, si es que sentiré en algún momento un frío más húmedo o más seco, si es que la solución involucra el mudarme de piel o si simplemente me moriré con los labios secos y quebrados. Nunca me responde, ni él, ni nadie, ni una, ni tampoco todas las preguntas.

La interrogación sin respuesta lo único que logra es el desencadenamiento de una mísera melancolía por el creer que hubo un tiempo en donde se sintió todo diferente, en donde el escape yace en recordar (o quién sabe, quizá solo los imagino) tiempos que se encuentran tan alejados de esta realidad que se asemejan cada vez más a un sueño que habré tenido alguna noche demasiado solitaria.

Intento, con el pasar de los días, encontrar alguna pizca de calidez en mis manos, en los poemas y en el jazz, aunque inevitablemente mis manos cada vez sangren con más facilidad al escribir, los poemas sean más crudos que nunca y los jazz simplemente sean uno más frío que el anterior.

Pronto esto acabará o acabará conmigo, pero mientras tanto me duermo imaginando que todo este tiempo se estuvo inventando una primavera ideal para mí, una que me haga olvidar de tanto dolor, que me haga dudar que siquiera existo.